“Las nubes son seres de un estatuto ontológico
peculiar, seres que vagan entre la tierra
y el cielo, entregadas al despliegue voluptuoso
de sus formas. Esta condición de ser
terrestres y celestes a la vez es lo que las hacen
en cierto modo, mediadoras entre lo humano
y lo divino. Incluso su condición material
es bastante extraña, ya que están hechas
–como los hombres según quiere Shakespeare–
de la materia de la que están hechos los
sueños. Esa materia sutil, ese éter que las
constituye, las configura como seres mitad
materiales, mitad espirituales, lo que confirma
aún más su posición de mediadoras. Por
eso también las nubes se encuentran, como
objeto privilegiado de contemplación para el
alma melancólica, a mitad de camino entre la
realidad y la fantasía, o mejor dicho –en cuanto
que ellas evocan infinidad de mundos marginados–, entre la realidad y la ficción
del sueño. Por eso las nubes son el objeto de consideración adecuado para
la ensoñación, para la contemplación de sí mismo como un paisaje (1)”.
Cuando el arte contemporáneo está entregado al literalismo y a la mezcla “realista”
del camp (lo kitsch-banal-divertido) y lo traumático (en una obscenidad salpimentada
con retórica pseudo-psicoanalítica), la sutileza y, sobre todo, la contemplación
parecen, radicalmente, excluidas. Y, sin embargo, el deseo de crear
un espacio plástico alegórico (esa evocación de lo otro a la que alude el pintor)
persiste como una herida que no puede cerrarse. Lejos del (tópico) ánimo funerario
que pretendería que no hay ninguna posibilidad en el espacio complejo
del cuadro, Jorge Fin comparte con Lawson la certeza de que los artistas se enfrentan
a una elección, la de entregarse a la desesperación o recurrir a la “última
salida” de la pintura: “La naturaleza discursiva de la pintura es útil desde el
punto de vista de la persuasión debido a que constituye una red de representaciones
nunca conclusa (2)”. Jorge Fin busca, en sus pinturas, una atemporalidad
e irrealidad que dote a nuestro imaginario de la máxima intensidad. Se trata de
“construir mundos propios de apariencia críptica con escenarios inquietantes.
De sentir la intriga de una imagen irreal pero posible (3)”. Y lo hace en un momento
en el que pareciera que la capacidad para contemplar e incluso para desplegar
narraciones estuviera definitivamente “agotada”.
El eclipse de la narración que Benjamin diagnosticara responde al mismo fenómeno
que dio lugar al final del intercambio simbólico, la demanda, constante en
el arte contemporáneo, de la potencia del origen o lo mítico surge desde el nihilismo
afirmativo. Las mitologías personales son, finalmente, formas de nostalgia
de lo simbólico, umbrales que obligan a dirigirse hacia lo que, con Trías, hemos de denominar cerco hermético. El proceso radical del arte contemporáneo
no es el sencillo emerger del engaño y el error, sino el peligroso ir hacia lo que
es por la infinita multiplicación de lo imaginario. La mirada fragmentaria, la estética
desmontada, contempla la historia como la metamorfosis de algunas metáforas:
laberinto, desierto o naufragio, amanecer, arco iris o aparición del fuego.
La luz precaria, incierta, imprime en los lugares una forma diferente del pensamiento.
“Creo que lo bello –escribe Tanizaki en El elogio de la sombra– no es
una sustancia en sí sino tan sólo un dibujo de sombras, un juego de claroscuros,
producido por la superposición de distintas sustancias. Así como una piedra
fosforescente colocada en la oscuridad, emite una irradiación y expuesta a
la luz pierde toda su fascinación de joya preciosa, de igual manera la belleza pierde su existencia si se le suprimen los efectos de la sombra (4)”. Tomemos en consideración
la obra de Jorge Fin como ese proceso de simbolización en el que la
luz permite crear un paisaje casi abstracto y, valga la paradoja, de una concreción
extrema.
En la obra de Jorge Fin hay una sublimidad, característica
según Lyotard del arte postmoderno, en la que intervienen
lo informe y ese defecto de realidad que el nihilismo
contempla (5). En el sentimiento sublime intervienen las
distintas facultades del conocimiento, oponiéndose las
unas a las otras, arrastrándose hasta el límite (pugna entre
la imaginación y la razón, pero también del entendimiento
con la sensación) hasta generar “una tempestad
en una sima abierta dentro del sujeto” (6). Lo sublime, ese
sentimiento de terror que permite que la razón se postule
para evitar el naufragio del concepto, es finalidad sin
fin, umbral de lo que no puede denominarse, incertidumbre
completa. Se necesita mucha fuerza para asumir
el feroz dilema de la expresión: continuar a pesar de todo,
porque hay presencias o presentimientos que no se
pueden apartar. Lo otro es el centro de fuerzas del arte y
también de la teoría. La postura de Beckett (la frase final
de El innombrable: “Il faut continuer”) nos ofrece la antinomia
del arte, tiene que continuar cuando debería guardar
silencio para siempre. Tal vez lo que reste, el destino
de la estética contemporánea sea llegar hasta lo más desvalido:
producir imágenes o conceptos capaces de dar
cuenta de la muerte de la piedra y la estrella. Mostrar la
ruina del suelo sobre el que nos asentamos, pero narrar
también como en un lejano canto aquellas promesas que se mantienen inquebrantables:
el lugar del elogio que es el territorio de la memoria. Jünger insiste
en que se conciba el origen como una abertura, como una sima, trayecto violento
hacia el caos: “Cuando los textos hablan de pérdidas –puede leerse en las
últimas páginas de La tijera de Jünger–, por ejemplo, del “oro que se lava en la arena”, o de tribunales de muertos, lo hacen
sólo en el sentido de etapas previas. Lo posible
no podría hacerse real sin suciedad, sin
barro (7)”. Ese esplendor crepuscular es el signo
característico de la obra de Jorge Fin; el
arte funciona como catalizador de impulsos,
intentado atravesar el desierto (campo de
sombras) de la melancolía. Hay una resistencia
frente al abismo aunque se acepte que la
existencia es necesariamente desconsuelo,
en una clave cercana al romanticismo.
En unas conversaciones Bram Van Velde declaraba
que pintar es acercarse a la nada, al
vacío: el artista es el portador de la vida o,
mejor, es alguien que vive un secreto que tiene
que manifestar. La pintura no existe sino
en virtud de su deslizamiento hacia lo desconocido,
es un cúmulo de miradas, algo que
fascina y también una superficie que se reserva:
“cosa terrible, puesto que la pintura es
el hundimiento, la inmersión, y no obstante
por terrible que sea, esa cosa no comporta sin
embargo tristeza alguna (8)”. Los cuadros de
Jorge Fin se ajustan al instante poético, tal y como lo caracterizara Bachelard:
conmueve, prueba –invita, consuela–, es sorprendente y familiar. En el sentimiento
fronterizo de la pintura están juntos lo trágico, lo informe y el paisaje interior.
Regis Debray ha hablado de una situación estética de postpaisaje, cuando
el malestar se ha desplegado en la naturaleza y en la representación. No es,
ciertamente, que la voluntad de arte y de paisaje hayan capitulado, “por el contrario,
es más fuerte que nunca, a la medida de las nostalgias (9)”. Aquel lento hacerse
paisaje del mundo al que se refiere Rilke es la materialización de numerosas
pérdidas (la temperatura tras los retratos del Renacimiento, la posibilidad de
ajustar la pose en un ventana del mundo, la visión del abismo del entusiasmo),
el hombre comenzaba a estar entre las cosas como una más, infinitamente sólo (10),
se ha retirado a una hondura indescriptible, acaso donde peligro y fármaco
salvador sean lo mismo. La reconstrucción del paisaje que realiza Jorge Fin surge
desde una combinación de libertad y de fidelidad al territorio, así como de
una voluntad simbólica, en esa determinación, compartida con Kubler, de que
en lo simbólico es donde el arte conecta con la historia. En sus paisajes obsesivos
aparecen sombras, nubes, rastros de fuego, indicaciones de amanecer o sugerencias
del crepúsculo, tejiendo una narración sutil en la que la dialéctica de
luz y penumbra es excepcional. Lo que transmiten, en última instancia, es la experiencia
de la serenidad, modulaciones de una singular levedad de la mirada,
en la que lo sublime acaba plegado en una dicción que tiene algo de metafísico.
Jorge Fin señala que fue a mediados de los años noventa cuando comenzó a
pintar paisajes imaginarios “para colgarlos en mi casa”. Eran como fragmentos
del Jardín del Edén particular, paisajes esenciales, pintados con suaves trazos.
“Jorge Fin –advierte Martín Páez– quiere proyectar en la naturaleza sus apetencias
y sentimientos. Con una inquietud profunda, fervorosa, pretende que sea
la naturaleza la que exprese su estado de ánimo, que comunique, como espejo
el reflejo de su realidad, porque el pintor henchido de un espíritu neorromántico
quiere alcanzar con la limitación del lenguaje pictórico la universalidad
que le ofrece el paisaje, imagen fragmentaria de la realidad (11)”. Visiones de la naturaleza
que pueden tener algo sorprendente o metafísico, como cuando un personaje
se sube a una escalera intentando captar algo del horizonte que desde
el suelo se tornaba invisible. Una serie muy importante fue la que realizó en torno
al humo, las sombras y las luces de la noche que presentara en la exposición
en la madrileña galería Max Estrella en 1998. “Con el tiempo –escribe Jorge Fin–,
aquellos humos míos se elevaron sobre la línea del horizonte convirtiéndose en
nubes. Quise saber qué estaba pintando y encontré en Internet meteorólogos,
profesores y astronautas jubilados que coleccionan nubes y enseñan a interpretar
sus intenciones a marinos que necesitan saber si podrán zarpar o si aún
conviene esperar un par de días amarrados a puerto, a maestras de escuela que
organizan con sus alumnos expediciones a la caza del nimbo perfecto, o a simples
diletantes que disfrutamos con cualquier cosa. Son los Cloud Watchers, que
convierten los conocidos nimbos, cúmulos, estratos y cirros en un frondoso árbol
lleno de ramificaciones. Intercambian fotos tomadas aquí y allá como niños
con sus cromos de nubes y saben catalogar hasta el más leve mechón de algodón
que surca el cielo. No hay dos nubes iguales. Siempre cambiantes, efímeras
e irrepetibles (12)”. Podríamos sugerir, tan sólo,
que en la genealogía de esas nubes que irrumpen
en el imaginario de Jorge Fin se encuentran las de
Turner, Friedrich o Constable, entregados a fijar visiones
de la naturaleza que reparaban en eso que
surca el cielo, ese límite fronterizo entre la razón y
la fantasía. Habría que recordar la idea de Constable
de que para él la pintura no es más que un sinónimo
de sentimiento (13). Las nubes le permiten a
Jorge Fin desplegar el dinamismo psíquico, lo que
Novalis llamara Gemütserregungskunst, se produce
una sensibilización del sujeto que, aún estático, se
mueve (14).
Aquellos paisajes con grandes vallas de publicidad (15),
de las que surgían, casi a la manera surrealista,
cuerpos femeninos, un pintor que retocaba las
nubes o un héroe a caballo con la espada desenvainada,
han dado paso a la noche y a los lujos del
cielo. El recorrido de este pintor no es el contemporáneo nomadismo, sino un persistir en las emociones primordiales,
una búsqueda de la lucidez que le obliga a atravesar
la mayor de las soledades, aquella oscuridad que es
signo de lo moderno. Podríamos encontrar cierta filiación entre
la obra de Jorge Fin y la actitud pictórica de Gerhard Richter,
en su radical uso de instrumentos de demostración de la
destrucción de la ilusión, a partir del potencial retórico de la
luz y de un deslizarse hacia una mórbida belleza. Ciertamente,
Richter ha sido uno de los pintores que con más determinación
ha roto la presunta contradicción entre la pintura
abstracta y la figurativa, siendo su preocupación la de que la
imagen tenga impacto o sea capaz de crear un clima emocional,
una situación que va de la nostalgia a la esperanza (16).
La imaginación de Jorge Fin nos ofrece un paisaje que está
marcado por lo poético. El cuadro es, metafóricamente, un
velo, en el que se instaura una captura imaginaria del deseo
(descenso al plano imaginario del ritmo ternario sujeto-objeto-
más allá, esencial en la constitución de la relación simbólica);
el recuerdo mínimo planteado en el cuadro no es
simplemente una instantánea, es una interrupción de la historia,
“un momento en el cual se detiene y se fija, y al mismo
tiempo indica la continuación de su movimiento más allá
del velo (17)”.
Jorge Fin está buscando la magia del cielo, ese tiempo instantáneo
en el que sucede algo irrepetible, la belleza que es
ya oscuridad definitiva (18). Contemplando las nubes se produce
una auténtica sublimación (19). El tiempo para comprender
puede reducirse al instante de la mirada, “pero esa mirada
en su instante puede incluir todo el tiempo necesario para
comprender. Así, la objetividad de este tiempo se tambalea
en su límite (20)”. Los cuadros de Jorge Fin se ajustan al instante
poético, tal y como lo caracterizara Bachelard: conmueve,
prueba, invita, consuela, es sorprendente y familiar (21).
Tenemos, tan sólo, la hermosura, de imágenes que se desvanecen,
ensoñaciones, miradas que nos acercan a algo
que, auráticamente, se reserva. Jorge Fin querría que sus
cuadros se contemplaran de una cierta manera, por una especie
de tubo, en una mezcla del placer de contemplar los
detalles y acaso buscando los anamorfismos (22). Sus cuadros
son metáforas de la duración, alegorías de otra “realidad”,
intentos de fundirse con ese afuera que es, valga la paradoja,
interioridad. El indicio sostiene, una vez más, el goce de
la mirada, las obras detallistas de Jorge Fin nos entregan la
belleza como algo que no revela su significado (23).Este artista que mostrara, desde el comienzo de su trayectoria,
un enorme interés por lo enigmático y la realidad onírica (24),
consigue en su serie de las nubes nocturnas sedimentar
toda su potencia poética. “La nubes –indica Gaston Bachelard–
cuentan entre los “objetos poéticos” más oníricos.
Son los objetos de un onirismo a pleno día. Determinan ensueños
fáciles y efímeros. Estamos un instante “en las nubes”
Ningún soñador le atribuye a las nubes el grave significado
de los otros “signos” del cielo. En resumen, el
ensueño de las nubes recibe un carácter psicológico particular:
es un ensueño sin responsabilidad (25)”. Jorge Fin encuentra
las formas caprichosas de las nubes, en esos cuadros
negros y dotados de un fulgor difícil de descubrir, una
puerta abierta, un camino extremadamente fecundo (26). Después
de estar pintando, durante más de tres años, nubes considera
que “no he hecho más que empezar”, esto es, que cada
cuadro le pide más y, sobre todo, que esa contemplación
que da lugar a obras fascinantes le tiene completamente entretenido.
Acaso todas esas obras sean un autorretrato cifrado,
en realidad “Jorge Fin está presente y oculto detrás de cada
serie de su obra (27)”. No podemos olvidar a ese niño que ordena
a las nubes para que sean lo que el desea ver (28). Jorge Fin
limpia los cuadros circulares delante de mí, les pasa un paño
como si fueran lacas orientales y se maravilla al descubrir, entre
las nubes, las estrellas, luego me habla de las horas contemplativas,
de la serenidad, de cómo mata al aburrimiento
con ese espectáculo maravilloso del cielo. Muestra un cuadro
y, señalando unas nubes dice: “eso es un oso”o señala
un conejo. Pinta o, mejor, proyecta sobre las nubes su retrato
infantil, deja que la infinita curiosidad de los ojos produzca
un bestiario mágico.
Jorge Fin empezó, según confiesa, a pintar nubes para descansar
entre un cuadro y otro, “cuadros que en principio no
pensaba enseñar en exposiciones en galerías y museos, pero
que he acabado mostrando porque se han convertido en
lo primordial en mi pintura (29)”. Repite que un día quiso saber
qué es lo que estaba pintando (30). “Últimamente –apunta este
artista–, en mis cuadros las nubes han empezado a tomar formas
reconocibles, del mismo modo que sucede cuando los
niños juegan a encontrar en el cielo un perro, o un castillo, o
cualquier otra cosa. Eso es Nefelocoquigia: la interpretación
de las formas de las nubes. Nefelocoquigia (del griego “nephele”,
nube y “kokkyx”, cuco) es el nombre una ciudad imaginaria construida en el aire en “Los pájaros” comedia
de Aristófanes escrita en 414 a.C. La traducción literal
de la palabreja es “ciudad de los cucos en las nubes” y
aunque sea un nombre propio, en el mundo anglosajón
se utiliza también como adjetivo. Así se dice que alguien
sufre ilusiones nefelocoquígicas (to suffer nephelococcygic
delusions) cuando tan sólo es capaz de construir
castillos en el aire. De hecho, los pájaros de
Aristófanes dedican toda su vida a planear la construcción
de su ciudad pero nunca llegan a hacerlo...(31)”. Sin
embargo, Jorge Fin si construye su mundo paralelo, goza
con su capacidad visionaria, descubre la luz en la oscuridad,
impone un tono monumental y, al mismo tiempo,
íntimo.
La obra de Jorge Fin podría incluirse en lo que Jesperson
y Jakobson llamaron shifters, vehículos vacíos de la
deixis cuyo significado y contenido varían de hablante
en hablante a lo largo del tiempo. Tales son los pronombres
(yo y tú), las palabras que indican posición
(aquí y allí) y, desde luego, también las palabras temporales
(ahora y entonces). Algo que tiene que ver con la variabilidad móvil (32).
Contemplamos, con una quietud extasiada, el pasar de las nubes y emprendemos
un “viaje imaginario” pero, al mismo tiempo, no abandonados esa localización
irreductible, el espacio del sujeto, la ensoñación más honda. Jorge Fin
sintoniza con aquella sugerencia de Novalis de que la teoría del pensamiento corresponde
a la meteorología. Conocemos el extraordinario placer de estar en las
nubes, la necesidad que tenemos de divagar o recrearnos en la contemplación.
En última instancia la reverie puede consistir en verse a uno mismo como paisaje (33).
Para Superville todo terminaba por convertirse en nube o mientras que
Baudelaire nombraba al extranjero que sobre todas las cosas amaba las maravillosas
nubes que pasan incesantemente. No llegamos nunca a cansarnos de
esas “bellezas metereológicas”, su esplendor es, en cierto sentido, un narcótico (34).
Jorge Fin nos ha regalado sus visiones y nos convoca a captar, sentir y expresar,
como Goethe quería, los placeres de los mundos aéreos (35), de esas nubes
que dibujan en el cielo formas mágicas.
Fernando Castro Flórez.
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(1) Miguel Cereceda: Estética de las
nubes en El Europeo, n° 43, Otoño
de 1992 p. 10.
(2) Thomas Lawson: Última salida: la
pintura en Arte después de la
modernidad. Nuevos
planteamientos en torno a la
representación, Ed. Akal, Madrid,
2001, p. 164.
(3) Jorge Fin: La receta de Spiderman en Jorge Fin. Cloud Watchers.
Observadores de nubes, Palacio
Almudí, Murcia, 2003, p. 8.
(4) Tanizaki: El elogio de la sombra, Ed. Siruela, Madrid, 1994, p. 69.
(5) Cfr. Jean-Francois Lyotard: “Lo sublime y la vanguardia”en La
posmoderniad (explicada a los niños) Ed. Gedisa, Barcelona 1987,
pp. 20-21.
(6) Gilles Deleuze: “Sobre cuatro fórmulas poéticas que podrían resumir
la filosofía kantiana” en Crítica y clínica, Ed. Anagrama, Barcelona,
1996, p. 54.
(7) Ernst Jünger: La tijera, Ed. Tusquets, Barcelona, 1993, p. 250.
(8) Roger Laporte: Bram Van Velde o esa pequeña cosa que fascina, Ed. Asphodel, Las
Palmas de Gran Canaria, 1984, pp. 22-23.
(9) Regis Debray: Vida y muerte de las imágenes. Historia de la mirada en Occidente, Ed.
Paidós, Barcelona, 1994, p. 170.
(10) Cfr. Rainer Maria Rilke: “Sobre el paisaje” en Teoría poética, Ed. Jucar, Madrid, 1987,
p. 205.
(11) Martín Páez Burruezo: “Jorge Fin: del expresioniso a los temas efímeros” en Jorge Fin. Cloud Watchers. Observadores de nubes, Palacio Almudí, Murcia,
2003, p. 15.
(12) Jorge Fin: “La receta de Spiderman” en Jorge Fin. Cloud Watchers, Palacio
Almudí, Murcia, 2003, p. 9.
(13) A partir de 1821 y también durante 1822, Constable realizó en Hampstead
numerosísimos estudios de nubes bajo el influjo, seguramente, del tratado
sobre las mismas de Luke Howard (1803). Estos estudios eran consecuentes
con su criterio acerca de que, en principio, “el cielo es la fuente de la luz en la
naturaleza y todo lo gobierna”
(14) “La nube, movimiento lento y redondo, movimiento blanco, movimiento que
se derrumba sin ruido, conmueve en nosotros una vida de imaginación blanda,
redonda, pálida, silenciosa, en copos... En su ebriedad dinámica, la imaginación
utiliza la nube como un ectoplasma que sensibiliza nuestra movilidad. A la
larga, nada puede resistir a la invitación al viaje de las nubes que, pacientemente,
pasan y pasan muy alto en el cielo azul. Le parece al soñador que la nube puede
arrastrarlo todo: el dolor, el metal y el grito” (Gaston Bachelard: El aire y los
sueños, Ed. Fondo de Cultura Económica, México, 1989, p. 237).
(15) “Jorge Fin ha vuelto a racionalizar desde el sentimiento una pintura que tiene
sus raíces en aquellos paisajes inventados sobre la realidad donde coloca grandes vallas de publicidad. En sus espacios aislados, sin carreteras ni
autopistas que rompan su estética, sitúa grandes anuncios que se recortan en
las perspectivas de sus paisajes. Hay en esta pintura de Jorge Fin una simbiosis
entre el concepto de paisaje tradicional y ese contrapunto de las vallas, con
mil y una ofertas que se muestran desde el reverso oscuro, utilizado por el
artista para siluetear formas posibles, algunas imposibles, pero con un magnífico
tamaño que engrandece la propia perspectiva del paisaje” (Martín Páez Burruezo:
“Jorge Fin: del expresionismo a los temas efímeros” en Jorge Fin. Cloud
Watchers. Observadores de nubes, Palacio Almudí, Murcia, 2003, pp. 16-17).
(16) La nostalgia de una calidad perdida, de un mundo mejor, de lo
que sería lo contrario de la miseria y la falta de perspectivas. [...]
Podría hablar también de redención. O de esperanza, de la
esperanza en que la pintura pueda, a pesar de todo, producir un<
impacto” (Benjamin H. D. Buchloh: “Conversaciones con Gerhard
Richter” en Gerhard Richter, Museo Nacional Centro de Arte
Reina Sofía, Madrid, 1994, p. 40).
(17) Jacques Lacan: “La función del velo” en La Relación de Objeto.
El Seminario 4, Ed. Paidós, Buenos Aires, 1994, p. 159.
(18) “Mirando las nubes he descubierto esto: al final del verano, a
las ocho y diez, los árboles del jardín son verdes. A las ocho y
veinte son negros. Negro claro, pero negro. Eso es lo que pinto,
lo que hay en esos diez minutos. La serie Cloud Watchers es un
homenaje a esas nubes y a sus observadores” (Jorge Fin: “La
receta de Spiderman” en Jorge Fin. Cloud Watchers.
Observadores de nubes, Palacio Almudí, Murcia, 2003, p. 9).
(19)“El alma que sueña ante la nube ligera recibe a la vez la imagen
material de una efusión y la imagen dinámica de una ascensión.
En tal ensueño de la pérdida de la nube en el cielo azul, el ser
soñador participa con todo su ser en una sublimación total. Es
verdaderamente la imagen de la sublimación absoluta. Es el viaje
supremo” (Gaston Bachelard: El aire y los sueños, Ed. Fondo de
Cultura Económica, México, 1989, p. 239).
(20) Jacques Lacan: “El tiempo lógico y el aserto de certidumbre
anticipada” en Escritos 1, Ed. Siglo XXI, México, 1984, p. 195.
(21) Cfr. Gaston Bachelard: La intuición del instante, Ed. Fondo de
Cultura Económica, México, 1987, p. 13.
(22) “Sitúese el espectador frente al cuadro a una distancia de dos
o tres pasos medida a partir del centro del cuadro, con un artón
cilíndrico de los que llevan en su interior los rollos de papel higiénico
(de medida universalmente conocida). Aplíquese al ojo como un
catalejo y a través de él obsérvese el cuadro, moviendo el cilindro
lentamente para que el campo de visión recorra el cuadro en todos
sus detalles. Las pausas del recorrido que cada espectador quiera
realizar en la contemplación, son optativas” (Jorge Fin: “La receta
de Spiderman” en Jorge Fin. Cloud Watchers. Observadores de
nubes, Palacio Almudí, Murcia, 2003, p. 10)
(23) “Según Kant, un objeto es percibido como bello cuando lo
experimentamos como dotado de finalidad sin que podamos ser
capaces de decir en qué consiste su finalidad. Esta famosa y
oscura tesis formula casi a la perfección el enigma de la belleza
de Johannes Vermeer, cuyas pinturas parecen cargadas de un
tipo de significado que también se niegan a revelar” (Arthur C.
Danto: “Vermeer” en La Madonna del Futuro. Ensayos en un
mundo del arte plural, Ed. Paidós, Barcelona, 2003, p. 227).
(24) “La pintura de Jorge Fin nos lleva a lienzos con argumentos
imposibles y tonalidades enigmáticas, aires de misterio, cuadros
con interiores que respiran una atmósfera saturada, pero como
siempre abiertos al exterior con una perspectiva heterodoxa”
(Martín Páez Burruezo: “Jorge Fin: del expresionismo a los temas
efímeros” en Jorge Fin. Cloud Watchers. Observadores de nubes,
Palacio Almudí, Murcia, 2003, p. 12).
(25) Gaston Bachelard: El aire y los sueños, Ed. Fondo de Cultura
Económica, México, 1989, p. 231.
(26) Hablándome, en su maravilloso estudio en el campo en las
cercanías de Murcia, de la serie de las nubes nocturnas señaló
que cuando pintó el primer cuadro le dio un vuelco el corazón:
“estaba emocionado, se había abierto una puerta”.
(27) Martín Páez Burruezo: “Jorge Fin: del expresionismo a los temas
efímeros” en Jorge Fin. Cloud Watchers. Observadores de nubes,
Palacio Almudí, Murcia, 2003, p. 17.
(28) “La ensoñación –como hace con frecuencia el niño- gobierna
el fenómeno mudable dándole una orden, ya ejecutada, ya en
vías de ejecución: “¡Gran elefante, alarga tu trompa!”, dice el
niño a la nube que se estira. Y la nube obedece” (Gaston
Bachelard: El aire y los sueños, Ed. Fondo de Cultura Económica,
México, 1989, p. 231).
(29) Jorge Fin: “Nefelocoquigia, o la interpretación de las formas de
las nubes”, 2005.
(30) “Un día quise saber qué es lo que estaba pintando y encontré
en internet a mi amigo John Day, Mr. Cloudman, el señor de las
nubes, un viejo científico que desde sus años de meteorólogo
durante la guerra del pacífico, lleva toda una vida dedicada al
estudio y clasificación de las nubes. Gracias a él conocí los diez
motivos para observar nubes, y pude ver por primera vez las
maravillosas acuarelas de Luke Howard, el farmacéutico inglés
que en 1803 fijó para siempre la clasificación de las nubes que
hoy conocemos todos: cirros, cúmulos, estratos y nimbos. Esas
cuatro grandes ramas se subdividen formando un inmenso árbol
según el cual un mechón que vemos allá arriba puede tener
nombre y cuatro o cinco apellidos” (Jorge Fin: “Nefelocoquigia,
o la interpretación de las formas de las nubes”, 2005). En nuestra
conversación en su estudio repitió en dos ocasiones las mismas
palabras: “Al acabar el cuadro me pregunto: ¿esto qué es?”.
(31) Jorge Fin: “Nefelocoquigia, o la interpretación de las formas de las
nubes”, 2005.
(32) “De hecho, mucho antes de la lingüística moderna, la Fenomenología
del espíritu de Hegel se inicia justamente, como es bien sabido, con un
análisis de esos shifters que, según señala el filósofo, podrían parecer
a primera vista las palabras más concretas de todas, hasta que
comprendemos su variabilidad móvil” (Fredric Jameson: Una modernidad
singular. Ensayo sobre la ontología del presente, Ed. Gedisa, Barcelona,
2004, p. 27).
(33) “En esto consiste propiamente la reverie [de Rousseau]; en contemplar
la naturaleza como a sí mismo o en verse a sí mismo como paisaje. O
mejor aún, contemplarse uno mismo y contemplar las propias pasiones
como quien contempla las nubes, las nubes que pasan, las maravillosas
nubes” (Miguel Cereceda: “Estética de las nubes” en El Europeo, n° 43,
Otoño de 1992, p. 12).
(34) Baudelaire habla de todas esas nubes de formas fantásticas y
luminosas, “esas caóticas tinieblas, esas inmensidades rosas y verdes,
suspendidas y añadidas las unas a las otras, esas hornazas abiertas,
esos firmamentos de raso negro o morado, arrugado, enrollado o
rasgado, esos horizontes de luto o chorreando metal fundido, todos
esos esplendores se me subieron al cerebro como una bebida espirituosa
o como la elocuencia del opio”.
(35) “Y cuando hayamos distinguido [los estratos, los cúmulos, los cirros,
los nimbos], debemos prestar a la cosa separada los dones de la vida,
y gozar de una vida continuada. Si, por tanto, el pintor, familiarizado
con los análisis de Howard, en las horas diurnas y nocturnas, contempla
y observa la atmósfera, deja subsistir el carácter, pero los mundos aéreos
le dan los tonos suaves, matizados, para que los capte, los sienta y los
exprese” (Goethe citado por Gaston Bachelard: El aire y los sueños, Ed.
Fondo de Cultura Económica, México, 1989, p. 241). |