Una tarde de diciembre de 1802, un grupo
de amigos con inquietudes científicas se reúnen
en la Askesian Society de Londres para
tomarse unas pintas y escuchar el ensayo
de uno de ellos. El turno es hoy para el farmacéutico
Luke Howard. El ensayo se titula “On the modification of clouds”. Es un intento
de aplicar el sistema de clasificación
que el sueco Linneo utiliza con los seres vivos
a algo tan desordenado como las nubes.
Howard consigue en un principio establecer
tres tipos básicos de nubes: cúmulos, estratos
y cirros. Posteriormente añadirá un cuarto
tipo, los nimbos, y con el tiempo este árbol
de cuatro ramas irá creciendo hasta convertirse
en una clasificación de decenas de
tipos de nubes si tenemos en cuenta las
combinaciones posibles y otras variantes como
la altitud, el estado físico (las nubes no
son solo gases, también las hay en estado líquido
y sólido: aunque suene a chino, hay
nubes de hielo duro como una piedra). El ensayo
de Howard es brillante y se publica por
toda Europa en pocos años. Su éxito se basa
en su simplicidad metódica y en utilizar un lenguaje intemporal y universal como
es el latín. En una extraña coincidencia, ese mismo año el francés Lamarck ha
hecho otra clasificación de las nubes, pero es más confusa, menos completa y su
división no arranca de aspectos esenciales sino accidentales, y lo que no es menos
importante, la nomenclatura es francesa, lo que le resta universalidad. La clasificación
de Howard es aplaudida por su amigo Goethe, con quien mantiene una
relación epistolar muy interesante. Goethe escribe un conjunto de poemas dedicados
al inglés y a sus nubes, y enseña la nueva clasificación a su también amigo
el pintor Friedrich, que ve el cielo abierto. Cuando Friedrich pinta el cielo no se le
puede molestar, advierte su mujer a las visitas, pues está “hablando con Dios”.
En Inglaterra en esos años otros dos pintores han elevado sus miras y tratan el
mismo tema, aunque a partir de planteamientos distintos. Turner cuenta cómo
de pequeño era aficionado a estar tirado en el jardín trasero de su casa mirando
las nubes. Su padre le compró pinturas y unos pequeños lienzos que vendía en
una tienda del pueblo:
As a boy, I used to lie for hours on my back watching the skies, and then go home
and paint them; and there was a stall in Soho Bazaar where they sold drawing materials,
and they used to buy my skies. They gave me 1s6d for the small ones and 3s6d for the larger ones.
Era su manera de sacarse unos chelines para sus chucherías, buen sistema para
acabar copando la Tate Gallery. El otro gran interesado por las nubes es Constable,
que pinta con interés científico los distintos cielos de un mismo lugar, la vista
desde su casa en Hampstead Heath, a lo largo de dos años: otoño e invierno
de 1821 y primavera de 1822. Constable es un seguidor fiel de Howard, y su ensayo
sobre las nubes ocupa un lugar privilegiado en la biblioteca del pintor.
Cloud Watchers
La vida está llena de bucles extraños. Todo esto que os cuento me era totalmente desconocido
cuando empecé a pintar nubes. Simplemente empecé a hacerlo como un
juego privado, una manera de descansar y entretenerme entre un cuadro y otro, pequeños
apuntes para colgar en casa y disfrutar. Nunca pensé que fuesen a acabar expuestos
en galerías y museos, pero al final esta es mi pintura más veraz y esencial.
Soy un aficionado a muchas cosas, pero a todas ellas dedico solo los primeros
capítulos de sus respectivos manuales. Así hacemos los diletantes, y en eso reside
la gracia, porque conocer con toda precisión estos asuntos convertiría una
amena afición en una esclavitud, y mi vida se ha regido siempre por la huida ante
lo indeseable, más que por la persecución de lo deseable. Este criterio básico
de mi comportamiento lo conozco apenas hace poco gracias a la observación de
las nubes, pero antes lo cumplía igualmente a rajatabla aún sin saber explicarlo.
Un día la curiosidad me llevó a buscar los nombres de esas nubes y encontré en Internet
a un buen puñado de locos de todo el mundo con una pasión común a la mía:
astronautas jubilados que coleccionan nubes y enseñan a interpretar sus intenciones
a marinos que necesitan saber si podrán zarpar o si aún conviene esperar un par de
días amarrados a puerto; maestras de escuela que organizan con
sus alumnos expediciones a la caza del nimbo perfecto, o simples
vagos diletantes que disfrutamos con cualquier cosa. Son los
"Cloud Watchers", que convierten los conocidos nimbos, cúmulos,
estratos y cirros en un frondoso árbol lleno de ramificaciones.
Intercambian fotos tomadas aquí y allá como niños con sus cromos
de nubes y saben catalogar hasta el más leve mechón de algodón
que surca el cielo. No hay dos nubes iguales. Siempre
cambiantes, efímeras e irrepetibles.
Mantengo una interesante relación epistolar con muchos de
ellos, que me envían fotos o incluso me piden que les ceda
las imágenes de algún cuadro para un artículo de divulgación
científica en periódicos y revistas de Oregón o de Australia.
Gracias a ellos he conocido las diez razones para observar nubes
(Gracias John Day, también llamado Mr. Cloudman, el señor
de las nubes, que fue mi primer introductor a Howard a
quien con justicia llama “The godfather of clouds”), o cómo
desde una universidad de la India una profesora ha conseguido con dos alumnas fabricar una aurora boreal dentro de una botella de
cristal. Y entrando en terrenos más líricos al alcance de un niño, cómo podemos
buscar formas maravillosas en el cielo (gracias Alan Stanley, el más imaginativo
observador, capaz de distinguir en un cumulus humilis la forma de un
galgo afgano, y en otra nube, un anciano malhumorado...).
Últimamente con lo que más disfruto es precisamente con la nefelocoquigia,
que no es una postura del Kamasutra, sino la interpretación de las formas de
las nubes. Nefelocoquigia (del griego “nephele”, nube y “kokkyx”, cuco) es el
nombre de una ciudad imaginaria construida en el aire en “Los pájaros” comedia
de Aristófanes escrita en 414 a. C. La traducción literal de la palabreja
es “ciudad de los cucos en las nubes” y aunque sea un nombre propio, en el
mundo anglosajón se utiliza también como adjetivo. Así se dice que alguien
sufre ilusiones nefelocoquígicas (to suffer nephelococcygic delusions) cuando
tan solo es capaz de construir castillos en el aire. De hecho los pájaros de Aristófanes
dedican toda la comedia a planear la construcción de su ciudad aérea,
pero nunca la llevan a cabo...
Mirar para arriba
Mi hermano Alberto debía de tener cinco y yo ocho o nueve años cuando fuimos
enviados a pasar un verano a un pueblecito de los Picos de Europa en
Santander a casa del matrimonio que trabajaba en casa. Quintanilla era un sitio
lleno de vacas enormes y ríos que caían en cascada formando pozas con el
agua más fría del mundo. Nos montaban en un carro tirado por un burro marrón
que subía despacio hasta las eras para ver la siega del heno. A la vuelta
nos tumbábamos sobre el enorme montón de heno que ocupaba todo el carro
a ver las nubes pasar y con el vaivén del camino nos quedábamos dormidos.
Algunas tardes nos colábamos en los huertos llenos de ciruelos y recuerdo
que nos conjuramos para comernos todas las ciruelas de un árbol concreto.
Agotamos todo el papel higiénico de la comarca...
Un día nos llevaron a ver las cuevas de Altamira. Nos hicieron unos bocadillos
y nos los comimos tumbados sobre la piedra mirando ese techo fascinante. Nos
divertimos recorriendo partes de la cueva jugando a ser trogloditas como los de
los chistes, con su as de bastos y su hueso anudado en el pelo. No éramos conscientes
de la importancia de lo que acabábamos de ver, pero se me quedó grabado
para siempre el hecho de tener que tumbarnos y mirar para arriba para ver
aquellos bisontes colorados. La misma postura con la que inventábamos formas
en las nubes sobre nuestro carro de heno. Aprender a mirar.
Colección mental
Mi escuela ha sido el Museo del Prado. Me gustaba ir a pasar las mañanas de
los sábados y recorrer con la mirada los cuadros. Como cuando llegas a una
casa nueva, en un museo siempre hay un lugar en el que te encuentras más a
gusto que en otro. Incluso dentro de un solo cuadro, hay un lugar en que la mirada
se siente más cómoda que en el resto: los libros abiertos de algunos retratos
de Velázquez; el paisaje que hay al fondo del paso de la laguna estigia
de Patinir; el perro que asoma su cabeza de la arena de Goya; el cuento en tres
viñetas que pintó Botticelli para contar la historia de Nastagio degli Honesti; el
gallo muerto de Metsu; el bosque de Van Ruisdael, que hay que mirar con anteojos
porque siempre ha estado colocado demasiado alto en la pared; la levísima
línea clara que marca el horizonte en el fondo del Hipómenes y Atalanta
de Guido Reni. También aquí aprendía a mirar.
Con los años he podido completar esa colección mental con
otros cuadros o fragmentos de muchos otros pintores. Me gustan
los que van por libre, que generalmente cuentan las cosas
independientemente de las modas del momento, que tienen
una mirada propia e inventan un mundo cerrado y personal
que sé reconocer como propio, pues usamos los mismos códigos.
Soy un pintor de retaguardia. Los codazos del sprint final
de cada etapa no van conmigo. Sólo en la cola del pelotón
podemos perder el tiempo en mirar y disfrutar del paisaje y sus
detalles: las flores de Georgia O´keefe, los gatos de Foujita, las
niñas de Balthus, las frutas geométricas de Maruja Mayo, las
habitaciones silenciosas de Hopper, los retratos a lápiz de
Hockney, las fotografías posibles pero improbables de Chema
Madoz, las blancas pantallas de cine del japonés Sugimoto, los
espejos escalofriantes de la australiana Anne Wallace, el movimiento
elegante de las pantallas de plasma de Julian Opie,
las olas pintadas a carboncillo del americano Robert Longo...
La huida
Me hice economista y acabé en una oficina. Pero tengo la suerte de haber huido
a tiempo de una vida parecida a la de los galeotes que amarrados a un banco
reman cansinamente al son del tambor de un sádico patán. Tan tan tan tarán.
Pasos firmes, rápidos, locomoción, pensamientos propios de cientos de
personas que no hablan en alto salvo para latiguillos vanos –buenos días, buenos
días– todos con prisa, el pensamiento gasta lo justo para mantener la dirección
evitando tropiezos, conducción lenta, motores al ralentí, coches en hileras
como hormigas obreras que recorren los caminos del hormiguero, nunca
se ve al que manda, todos siguen obedientes las filas, lo menos malo de las
filas es que el camino está marcado, si se detiene será por algo, ahora corre,
ahora más, más, ya se ve el final, llegamos. Un lugar de trabajo es una meta
ciclista en la que no hay besos para el primero en llegar, ni jersey de colores ni
aplausos, carrera diaria sin premio, porqué correr tanto, salvo por esquivar las
miradas adustas de un superior temido y exigente, compañeros de cadenas
que reman sin fuerza, los galeotes siempre saben cuál hace de verdad fuerza
y cuál sólo pone cara de empujar mientras apenas se apoya en el madero. Suele
ser del sindicato. Los sindicalistas nunca son despedidos, tienen contratos fijos y las bocas llenas de consensos y reuniones intersectoriales, de trienios y
permisos especiales, privilegios de casta en defensa de ya no se sabe qué derechos
interconsensuales y precongresuales, afición desmedida por las reuniones
que no generan nada para nadie ajeno a su clan. Tan tan tan tan tarán,
golpea el bombo que marca inexorable el ritmo, no sirve de nada mirar el reloj,
las manillas son lentas y perezosas, seca la boca, agujetas y callos, no hay
piedad, obligación, esfuerzo, rutina, remar y mejor no pensar en nada, tiempo
perdido en objetivos ajenos, reuniones para avivar el fuego empresarial con
consignas tan entusiastas que producen rubor, qué puerilidad, qué entusiasmo
forzado y vacío por alcanzar metas que solo serán escalones parciales, nunca
la meta final. Pon cara de que te interesas, de que esa meta es tuya, hazte
notar, haz un par de comentarios emocionados por el bien y el futuro de la empresa,
así se consigue ser jefe de remo, no remarás menos, pero tres patanes
como tú te llamarán jefe con temor. Jefe de sexta, jefe de quinta. Ahí me quedé.
Ahora me dedico al saber diletante:
Cirros
Reconocerás los cirros porque sobre el cielo se parecen a un montón de plumas
levísimas que se extienden caprichosamente y en desorden. Como cuando
entramos en una habitación en la que los niños pequeños han tenido una
batalla de almohadas rellenas de plumas de ganso. Lo que queda diez minutos
después sobre la alfombra es un cielo de cirros. Dios es algunos días un niño
pequeño que juega a eso mismo y se deja todas las plumas tiradas, un auténtico
desastre, castigado sin postre.
Árbol, corazón, ciudad
Los árboles de hoja caduca en otoño son estructuras meditadas a lo
largo de muchas horas por un dibujante aficionado a fumar pausadamente
en su propio jardín. Es un dibujo cuidado y lleno de detalles. A
partir de un tronco único van surgiendo las ramas principales, y de ellas
salen otra menores pero cada vez más numerosas, que dan lugar a más
y más ramitas que acaban siendo multitud y de diminuto tamaño. Este
esquema se repite en la naturaleza muchas veces. De una semilla
principal, como el corazón que late en nuestro interior, salen venas y
arterias que se van ramificando hasta ocupar el cuerpo poblándolo de
millones de minúsculas venillas. Como las ciudades que tiran sus autopistas
de las que salen carreteras que se bifurcan y que acaban poblando
la tierra hasta llegar con sendas y caminillos de cabras a los lugares
más apartados, llenos de árboles que en otoño parecen los dibujos
de un fumador entretenido.
Música doble
Mirar nubes es como oír música. Mirar nubes escuchando música es partida
doble. Premio seguro. Son actividades para las que el cerebro debe tener
un apartado estanco especial, pues permiten que el pensamiento recorra su
camino de manera independiente de lo que la música
y las figuras de algodón puedan sugerir. La música
debe ser buena, más vale un limpio y plano silencio
muchas veces. Si una música no te deja ver
bien las nubes es mejor quitarla. Últimamente mi
criterio con la música es éste y descubro día a día
que es bastante certero. Es mi gusto propio, y no
digo que deba ser el de todos. Al caer la tarde, miro
desde una butaca en la terraza como las tórtolas
empiezan a volver a sus nidos en unos altos cipreses
plantados hace más de treinta años, a los que
hemos bautizado el tortolario. Como en las famosas
pajareras de Doñana, se pueden juntar 50 o 60 tórtolas.
Entre las palmeras, los murcielaguillos empiezan
su danza a la caza de insectos voladores. Las
nubes se iluminan solo en su parte más alta, con ribetes
de vivísimos colores, pinceladas finísimas que
tan solo bordean la gran masa oscura. Hay partes
de la nube donde ya es de noche, pero a la cúspide
aún le queda la merienda. Horarios. Hoy mi ojo
recorre un camino de sol en una de esas nubes, un sendero luminoso, vaya
nombre para una revolución, que serpentea por la cumbre dando vueltas y
vueltas dulcemente, como una hormiga atravesando una coliflor. A la vez,
suena una lenta canción del más rancio Dean Martin. Perfecto.
Riego
Un día azul de marzo, y digo azul aunque el cielo se pinta con capricho de
múltiples y juguetonas nubecillas blancas, que forman grupos como rebaños
a una altura baja desde el suelo, de esas cuyas sombras convierten un prado
nevado en algo parecido a la divertida piel de un dálmata. “Cúmulus humilis”.
Perdona la licencia, puesto que nada es más lejano que un paisaje nevado
del lugar desde el que pinto: la fértil huerta murciana. En aquella esquina
ordenada desde siglos por cientos de canalillos y acequias, soy un
aficionado a perder el tiempo en regar los frutales exactamente el último día
de la tanda de agua a que mi pertenencia a la hermandad de regantes me
otorga derecho. Frutales. El agua corriendo por caminos recién fabricados a
golpe de azada, un deporte magnífico, útil y divertido, que me produce el
enorme placer de no tener que jugar al golf con mentecatos a sueldo de la
banca local, petimetres que decoran sus jardincillos con toda suerte de enanos
petrificados. Al golf solo se ven abocados los pobres desgraciados que
carecen de terrenos propios para la práctica antiquísima del primer deporte
razonable que existe: el golpeo del terreno con herramientas agrícolas. En
vez de estacazos a una bolita blanca que deben ser anotados en un papel con
un escudo coronado por un falso pollo, lo que consigo son naranjas, mandarinas
y pomelos durante el invierno, limones todo el año, nísperos en abril, alcachofas en mayo, albaricoques en junio, ciruelas gordas y coloradas en julio,
melocotones, peras y una fresca sombra bajo la parra en agosto, ideal para
contar historias bebiendo cerveza con olivas, uvas en septiembre, aceitunas
en octubre, leña dorada en noviembre que ilumina las caritas de los niños
que se divierten pensativos mirando a esa misma chimenea que dentro
de poco será visitada por un gordo finlandés lleno de regalos envueltos en
celofán y cintas de seda de colores...
Leña
El fuego de la chimenea no es fuego a secas, como la comida de los buenos
restaurantes no es comida a secas. Hay carne y pescado, postres y vinos variados.
Hay leña veloz, leña que arranca con un fuerte introito para luego serenarse
en un ritmo continuo retozón, leña urgente de mucha llama, o leña que
crea rescoldos duraderos, que permite enamorarse delante de la chimenea hasta
cumplir todas las etapas de la misa amorosa. Leña que calienta sólo al que
se acerca, o leña que arropa a toda una casa, leña con infinitos matices olorosos.
Leña para solitarios, leña para parejas de amantes, leña para niños o incluso
leña para vástagos, que es como se llama en las revistas del corazón a
los niños de importante ascendencia, mis hijos son apenas eso, hijos. Como si
fuese una naranja.
Documental privado
“Cumulus Humilis” allá arriba. Un viento suave. Sobre la almenada torre, la campana
“Juanita” suena con diez ecos metálicos. Girando un volante de hierro, se
abre la acequia mayor en la Parada del Canónigo. El agua avanza, pasa en su
camino por la acequia hasta entrar por el portillo y empieza su recorrido de juguete
lamiendo el caballón mayor, entra en la primera tabla, y en ella es reconducida
a golpe de azada formando aletas, que así se llaman, alrededor de cada
árbol. Se forma un hermoso estanque rectangular, y cuando el espejo acuático
está pleno, la azada cierra la primera tabla y abre a su vez la segunda. Así hasta
dieciséis. Son cuatro horas de riego y golpes de azada, y al cabo, un ejército
de pájaros cazan y pescan con vuelo rasante insectos y larvillas en un espectáculo
digno de ser observado con música de Debussy. Los naranjos formando
islitas. Documental privado que sólo el regante disfruta extasiado en silencio.
Pájaros de riego, pues sólo aparecen en ese momento. Alguien debe de avisarles
de cuando toca el turno. Lo desconozco. Enorme placer privado. Lo explico
pobremente, créeme, la realidad supera cualquier descripción que pueda hacer.
Torpe lengua, asombrosa visión. No hay palabras. Basta.
La poda
Todo el mundo sabe que un huertano cabal para podar los árboles debe llamar
a un vecino. El dueño de un árbol es la persona menos indicada para arreglar
su propiedad. Lo haría con demasiado cuidado, con tanto cariño que dejaría de
quitar ramas gordas que estorban el futuro desarrollo del árbol. Un vecino poda
sin miramientos, con firmeza, sin apiadarse de las ramas más simpáticas. El
resultado es asombroso, pero eso no se advierte hasta unos meses después.
Este hecho es el que sustenta la confianza vecinal. Un vecino que sea “despiadado”
con tus árboles hará de ellos un montón de kilos de fruta fresca en su debido
momento. Del mismo modo, a los hijos los deben educar con dureza los
maestros. Para dar cariño se bastan los padres, al menos hasta que se encarguen
de ello las novias, lo cual divierte a los hijos bastante más. A partir de ese
descubrimiento, los hijos no piden a los padres cariño, sino dinero. Cuando las
novias dejan de ser tales y se convierten en esposas, sustituyen paulatinamente
el cariño por intentos de poda, pero ya no es tiempo. Para acallar tales intentos,
los hombres vuelven a recurrir al dinero. El dinero surge del trabajo y de la
propiedad. Alcanzar la situación de propietario es la meta de muchos hombres
para enfrentarse a sus problemas domésticos. Placer de propietario. Mujeres y
niños. Y árboles para dar trabajo a los vecinos. Está bien así.
Dos pajaros
Un buen argumento nunca debe estropearte una buena descripción. El vuelo
rasante de un pájaro de alas grises festoneadas de franjas naranjas tiene todo
el derecho del mundo a entrometerse en cualquier relato, porque si no dejamos
que la naturaleza se explique a su gusto, nada ha de importarnos. Me sucedió
un acontecimiento casual que siendo posible era a su vez improbable,
como las formas de algunas nubes caprichosas cuyas fotografías parecen un
truco, esas mismas a las que me dedico a pintar en grandes lienzos en los últimos
tiempos. Practicando el deportivo arte de la azada formando una aleta
semicircular alrededor de un naranjo, mi impericia vino a golpear fuertemente
el árbol en su base. El árbol tiembla. Un nido habitado cae de su copa, llega
mansa pero sin pausa el agua que inunda la tabla, el nido a flote con sus pajaritos
a bordo empieza a discurrir por los caminos del agua.
Aparece nadando una bicha, culebra, monstruosa serpiente
de agua que engulle el nido como un barco con todos sus
ocupantes dentro. Dos pajaritos de entre los cuatro que hay
parecen moverse con más iniciativa que los otros. La culebra
se retira a una islilla formada al pie de un árbol. Como las islas
absurdas que aparecen en los chistes, una pequeña extensión
de tierra que rodea brevemente una palmera altísima
de las que hay en el terreno. Ahí se enrosca la bestia, una larga
manguera con una protuberancia en el centro. La digestión
pretende ser larga, dejemos que la naturaleza tome sus
propias soluciones. Miro y callo. Sigo a lo mío, el agua no permite
descanso cuando está a punto de completarse una tabla.
Hay que actuar rápido. La azada sigue inexorable su trabajo
a propulsión humana, ese soy yo y mis callos y mis agujetas.
Sudor y hierro, me falta lo del polvo para ser el Cid. Al
cabo, acabo las tablas restantes, y decido visitar a la bicha,
espectacular animal en su digestión dolorosa, que supongo
que dormita náufraga en su isla de chiste. Fantástica escena que intentaré describirte sin exageraciones, tal como lo veo lo cuento. David
vence a Goliat. Dos de los pajaritos han conseguido salir de la tripa de bastante
mal humor, parece ser que mamá pájara tuvo a bien utilizar como base del
nido-patera unos secos espinos de rosal de los que indolentemente dejo abandonados
después de la poda. Esta poda de rosales es la única que puede hacer
el propietario, a diferencia de la de los frutales. El esfuerzo de los dos alados
supervivientes y un montón de suerte han hecho que las espinas rajen el
vientre del monstruo, escapismo houdinesco. La bicha muerta, con su patera
aún dentro y dos pequeños cadáveres, los hermanos menos espabilados de
estos dos héroes voladores. Jonás y Pinocho merecen llamarse, en memoria
de aquellos otros afortunados que también conocieron las tripas monstruosas
y pudieron contarlo. Adopto a los hermanitos, mamá no aparece en absoluto.
Engrudo de leche infantil para alimentarlos por turno con una jeringa. Crecen
rápido, me conocen y me acompañan mientras pinto en el garaje. Jonás es
más tranquilo, Pinocho ya mueve las alas y consigue pequeños vuelos, es divertido
verles aprender. Como los toros de buena casta, cada uno tiene sus
querencias y sus excéntricas costumbres. Jonás disfruta con la música de ópera
que envuelve mi trabajo diario. Se instala al pié del altavoz y parece seguir
el ritmo con su cabecita asintiendo, algo parecido a lo de los perritos con que
los taxistas adornan la bandeja trasera de sus coches. Jonás el Melómano. Pinocho
es más de paseos, un inconsciente que disfruta del riesgo. Su principal
afición es robar la comida de los perros y huir delante de ellos en una persecución
que recuerda bastante a los Divinos de San Fermín. Pinocho el Divino.
El vino de la risa
Déjame que me refresque el gaznate, pues mi
locución se va alargando y un buen vaso de
vino aclarará la boca y las ideas como es menester.
Sígueme a la cocina, encontraremos
algo rico. La cocina es lo mejor de cada casa,
las conversaciones más interesantes siempre
suceden ahí, donde acaban por reunirse los invitados
más preclaros de las fiestas. Puede
que esta gente, entre los que me intento incluir,
busque inconscientemente huir de la infelicidad
siguiendo mi dorada regla, y alcanza
de rebote la dicha de la conversación amena
y el picoteo reparador sin pretensiones. Siempre
es más agradable saquear una nevera libremente
que tener que esperar a un camarero
con una bandeja de plata de la que uno
por educación tan solo coge un canapé, si es
que quedan, pero generalmente los de caviar
y los de aquella sabrosísima tortilla de patata
se han terminado enseguida y en la bandeja pulcramente vestida con hilo de encaje ya solo quedan esas croquetillas con
trocitos de atún nadando en más masa de la que sería deseable. La cocina está
hoy tranquila, con una luz de miel que entra por la ventana desde la que se
observa el laborioso paisaje de las huertas ahora salpicadas de flores de un peculiar
color rojo de cadmio que solo existe en los granados en flor y en una tonalidad
que únicamente la casa Grumbacher ha sabido conseguir, hasta el punto
de llamar al color con ese nombre, rojo Grumbacher. Rojo flor de granado
huertano. Colores. El del vino más rico que bebo es oscuro, a veces naranja en
las orillas de cristal de la copa, todo un océano limpio de peces, si es que mi
destreza a la hora del sacacorchos no lo ha enfangado de balsitas minúsculas.
El colador a mano. El aroma es suave, no quiero caer en esa descripción de
enólogo que puede llegar a usar hasta veintiséis adjetivos para un aroma, qué
exageración y sobre todo, qué imaginación. Te diré que huele bien, pero basta,
prueba... Ja, que rico, que risa. Así lo hemos bautizado. El vino de la risa.
Ya nos entendemos mejor. Brindemos por las nubes.
Y ahora, coge tu tubo de cartón y mira.
Jorge Fin